Mamucha, no olía a jazmín ni a lavanda, tampoco a rosa ni a vainilla. Su sudor no era limón ni naranja, ni mandarina. Mamucha no olía a primavera sino a sándalo, almizcle y canela, mezclado con un suave aroma a coco; el olor de su champú. Piel morena. Color de playa. Mamucha, era como un sol del trópico. Isla caliente y húmeda.
Risa pueril. Rostro dulce e infante. Nariz imperfecta. Labios bien diseñados. Orejas pequeñas. Ojos grandes, negros, mirada dura y expresiva. Melena ondulada y espesa. No podría decirse que Mamucha, es especialmente bella. Las personas hermosas dan ganas sólo de admirarlas. Sin embargo, la gente atractiva como Mamucha, son agradables a la vista, las deseas, te despiertan apetitos, dan ganas de abrazar, acariciar; llevárselas a la cama, quererlas.
Me sorprendía que ha su edad supiera llevar ese encanto con modestia y sencillez. Pocas veces mostró signos de vanidad. Era como si toda esa gracia no le perteneciera o se sintiera avergonzada por ello. Ajena a cuanto le rodeaba. Miradas lascivas hacia sus curvas, como cuando se volvían para observarla. Incluso, alguna vez, fui testigo de insinuaciones sugerentes por parte de alguna mujer. En un comienzo creía que tanta atención se debía a que Mamucha, y yo en conjunto éramos dispares. No había armonía entre su físico y el mío. Una versión más moderna pero jodida de la bella y la bestia. Y, aunque, fuera ésta, también, una razón, ella en parte iba causando ese revuelo silencioso a su alrededor.
Generalmente todo lo que no puedo descifrar termina por aburrirme. Pierdo pronto el interés y a otra cama mariposa. Sin embargo, con Mamucha, sucedía todo lo contrario. Provocaba en mí cierta tensión, el no saber cuál sería su siguiente pasó. El deseo de agradarle y gustarle, acrecentaba el interés que sentía por ella. Me ponía nervioso el tener la sensación de que algo le preocupaba. El seño fruncido. Un silencio insondable. Lejana y ajena por momentos. En su interior parecía estar debatiéndose siempre por algo. Una lucha oculta donde parecía estar lidiando con sus propios demonios. Nunca he llegado a comprender por qué mi reacción instintiva era abrazarla. Protegerla de algo que yo desconocía. Ella parecía necesitarlo. A veces, se dejaba. Y algunas otras huía.
Pasaba de lo intenso, del placer urgente a la nada. Tranquilidad y quietud de tardes y noches enteras de tertulias, donde se diluían las horas en historias; monólogos, disertaciones sobre cualquier tema que ella proponía. Quedaba extasiada, escuchando mientras nos acariciábamos con amor, sin tocamientos o contacto carnal ni lujuria ni sexo. Luego venía un largo silencio en el que se me echaba encima y se quedaba así, taciturna, agarrada a mí. Y yo entendía que ya no estaba… ¿A dónde iba, Mamucha? ¡A saber! Quizás, a donde mismo se encuentra ahora…
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