Agarró mi mano y metió uno de mis dedos, pringándolo de nata, en su Café Capuchino. No sabía cuál sería el siguiente paso, aunque, conociéndola podía sospecharlo. De repente mi dedo estaba en su boca, y lo chupó, succionando con los labios bien apretados sin darse mucha prisa. Algo que me ha parecido siempre una ordinariez, pero ella tenía esa manera graciosa de hacer las cosas, con la inocencia y frescura de sus veinticinco años.
Tanta espontaneidad en público me hacía sentir incómodo, pero no me preocupó nunca demasiado, me dejaba llevar porque en el fondo resultaba divertido y excitante observarla. Con cosas como estás yo me limitaba a sonreír y punto, sin embargo, ella se divertía. Reía a carcajadas de sus ocurrencias y ante mi impasibilidad.
Dos mesas a nuestra derecha, una pareja de ancianos miraban extasiados. La dependienta que se encontraba detrás de la barra, observaba por encima de las gafas, regalando miradas de complicidad. De pronto me sentí animado con tanta expectación por parte de nuestro público.
—¿Es esto, una declaración de intenciones? —pregunté.
—Por supuesto, tengo todas las intenciones del mundo.
—Me gusta tu lado perverso.
—Tengo muchos lados perversos; tantos, que algunos los desconozco.
—¿Pero los intuyes?
—Sí, claro. Tan oscuros que a veces dan miedo.
—Cuando dices esas cosas me enamoro. No me gusta la gente que no tiene un lado oscuro —respondí.
—Son huecas, vacías. Como si les faltara algo, ¿a que sí?
Por debajo de la mesa, sentí uno de sus pies buscando mi entrepierna. Yo encontraba más placer en su actitud, que en el acto físico en sí. En muchas ocasiones, me había costado tener el control total de la situación. Mamucha, era espontanea y atrevida, osadía propia de quien tiene veintitantos. Yo, a su lado era un viejo carcamán de treintaisiete años.
Eché un vistazo a nuestro alrededor para comprobar si alguien más se había sumado al espectáculo. A la gente le gusta mirar, ser espectador, cotillear sobre la vida de los demás; ese espíritu voyeur empedernido que llevamos dentro que nos cuesta reconocer. Es la razón por la que nos fascina ese mundo de las redes sociales.
La camarera, los ancianos, un tipo calvo con gafas, y una chica que disimulaba estar mandando un mensaje por móvil, completaban ahora un buen número de espectadores, interesados en lo que sucedía entre Mamucha, y yo. Mientras su pie, ejercía una fuerza descomunal sobre mis testículos, algo que me asombraba y tenía mérito puesto que los pies de Mamucha, eran de pequeñas dimensiones.
—Recuérdame esta noche que te cuente mi teoría del lado oscuro —y ella asintió con esa sonrisa de complicidad y ese interés malsano hacia todo lo que pudiera parecerle lujurioso. —¿Nos vamos? —sugerí.
Salimos de la cafetería de la mano. Yo algo más excitado que cuando llegué. Ese era mi estado natural desde que había conocido a Mamucha.
Cogimos un taxi al momento y en lo que subíamos al mismo, decidimos irnos a mi casa. Recuerdo que deslizó su mano por la bragueta y sujetó con fuerza el bulto que permanecía erecto dentro de mis pantalones.
—¿Sabes, Lucas? Eres adictivo, no puedo dejar de chutarme de ti. Me gustaría saber si pasado un tiempo seguirás siendo tan perfecto, y si podré dejar de idealizarte.
Su voz sonaba suave en mi oído. Un cuchicheo con la eficacia suficiente, como para persuadirme de cuántas locuras se le ocurriese.
—Esta noche si bebo vino terminaré roncando. Si no bebo no ronco. En ese momento dejarás de idealizarme. —Mamucha, soltó una carcajada exagerada y disonante.
—Tranquilo, tengo asumido que roncas, te tiras pedos y te sacas los mocos como todos los mortales —dijo.
— Así es, pero no hay por qué hablar de ello. Es otra manía que tengo o lo que yo llamo ideas claras de los detalles menores. A la gente le encanta hablar de lo que hace en el baño y a mí esas cosas no me aportan nada, todos hacemos lo mismo y no tiene ningún “glamour”, salvo hacer el amor en mi ducha.
— ¿Por eso es tan grande? La ducha; a eso me refiero.
— Sí. Y también porque me gusta sentirme amplio mientras me cae agua.
—Los Virgos somos muy escrupulosos para muchas cosas. Es curioso que para el sexo lo seamos menos, aunque, limpieza ante todo.
—Woody Allen, dijo en una ocasión cuando le preguntaron si el sexo le parecía sucio, «sólo si se hace bien».
Y ella agarró con fuerza lo que sostenía en su mano.
—Tranquila, no se te irá a ninguna parte —dije, aflojándole el puño.
Con Mamucha, todo era así, siempre…