Miércoles, 16 de marzo de 2011
A la hora más silenciosa de todas, cuando los barrenderos y las putas trabajan; Madrid, duerme y yo, pienso en ti. Verás muchachita, me asalta la pena cada vez que siento ganas de verte. Te observo tras el cristal opaco de mis recuerdos y busco enfocar, otra vez, tu cara en fotos y bocetos desgastados de tanto manosear. Nunca he sabido muy bien qué hacer contigo, con tu sonrisa, esa frescura de tus veinticinco años. Demasiado para mí, pobre solitario que voy por la vida desesperado.
Cuando la nostalgia me revuelca por los suburbios de mi soledad, dan ganas de ir a rescatarte de manos impuras, de cualquier desgraciado que no te merezca. Pero nunca he sido un romántico y lo sabes. Reconozco mi cobardía, Mamucha, lo siento de verás. Así que acepto resignado la pérdida recreando, una y otra vez, tu imagen divina. Reviviéndote en mis lienzos, donde eres cercana y real.
¿Cuántas veces no te habré tocado con la punta del pincel el pezón endurecido? He memorizado la anchura de tus caderas. La sutil diferencia entre un pecho y el otro que te hace irresistible e imperfecta. Los pliegues de tu cuello, el lunar que marca el sitio donde coloco mis besos. Tu boca entreabierta. Tus ojos negrísimos mirando con ternura el vacío de éste hombre, artista malogrado; personaje cruel y depravado que soy yo. He trazado las líneas de tu cuerpo de tantas formas y posiciones, con precisión aberrante y casi obsesiva que, incluso, hay quien cree que no existes, que te he inventado. En ocasiones, yo también lo creo. Me he convertido en alguien perturbado, marcado por el amor breve.
¿Me recuerdas aún, Mamucha? Porque yo sí. Muero por ti mujer; a cada instante, en cada momento, cada noche en que te busco entre sábanas vacías ¡Mamucha, musa!
LucasP.
Nota: las cartas escritas a Mamucha, no tienen destino excepto la caja de zapatos donde guardo un manojo de papeles amarillentos y fotos carcomidas por el tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario