viernes, 22 de abril de 2011

Carta II



¿Cuándo volveré a verte? ¿Un jueves? ¿Un viernes? ¿Un domingo maldito? Ahora sí, aparece un día para que yo pueda raptarte y no puedas irte nunca. Siento unas ganas tremendas de tocarte, morderte la boca, estar dentro de ti mientras me cuentas al oído todos esos cuentos que aprendiste por ahí de “las mil y una, noches obscenas”. Tengo grabado en mi cabeza tu voz cadenciosa. En la punta de mi nariz tu olor almizclado. En mi lengua tu sabor dulce. Disfrutaría con sólo tocarte una mano, aunque muriera, más tarde, de las ganas de tenerte, otra vez, en mi cama.

Podría no escribir estas cartas y no decir nada (que a menudo era en lo que pensaba, mientras me quedaba anhelado mirándote) pero he callado demasiado y me estoy haciendo mayor.
 
Lucas P.












Caetano Veloso "Mimar Vocé" 

Te quiero sólo para mí.
Usted vive en mi corazón.
No me deje solo aquí
esperando más un verano.
Te espero mi bien
porque quiero amar de nuevo.
Mimarla a usted
en cuatro estaciones.
Recordar
el tiempo que pasamos juntos.
Buenos es vivir.
Andar de la mano camino a la playa,
por eso momento
yo siempre esperé,
yo siempre esperé…

Descomponiendo a Mamucha...




Mamucha, no olía a jazmín ni a lavanda, tampoco a rosa ni a vainilla. Su sudor no era limón ni naranja, ni mandarina. Mamucha no olía a primavera sino a sándalo, almizcle y canela, mezclado con un suave aroma a coco; el olor de su champú. Piel morena. Color de playa. Mamucha, era como un sol del trópico. Isla caliente y húmeda.

Risa pueril. Rostro dulce e infante. Nariz imperfecta. Labios bien diseñados. Orejas pequeñas. Ojos grandes, negros, mirada dura y expresiva. Melena ondulada y espesa. No podría decirse que Mamucha, es especialmente bella. Las personas hermosas dan ganas sólo de admirarlas. Sin embargo, la gente atractiva como Mamucha, son agradables a la vista, las deseas, te despiertan apetitos, dan ganas de abrazar, acariciar; llevárselas a la cama, quererlas.

Me sorprendía que ha su edad supiera llevar ese encanto con modestia y  sencillez. Pocas veces mostró signos de vanidad. Era como si toda esa gracia no le perteneciera o se sintiera avergonzada por ello. Ajena a cuanto le rodeaba. Miradas lascivas hacia sus curvas, como cuando se volvían para observarla. Incluso, alguna vez, fui testigo de insinuaciones sugerentes por parte de alguna mujer. En un comienzo creía que tanta atención se debía a que Mamucha, y yo en conjunto éramos dispares. No había armonía entre su físico y el mío. Una versión más moderna pero jodida de la bella y la bestia. Y, aunque, fuera ésta, también,  una razón, ella en parte iba causando ese revuelo silencioso a su alrededor.

Generalmente todo lo que no puedo descifrar termina por aburrirme. Pierdo pronto el interés y a otra cama mariposa. Sin embargo, con Mamucha, sucedía todo lo contrario. Provocaba en mí cierta tensión, el no saber cuál sería su siguiente pasó.  El deseo de agradarle y gustarle, acrecentaba el interés que sentía por ella.  Me ponía nervioso el tener la sensación de que algo le preocupaba. El seño fruncido. Un silencio insondable. Lejana y ajena por momentos.  En su interior parecía estar debatiéndose siempre por algo. Una lucha oculta donde parecía estar lidiando con sus propios demonios. Nunca he llegado a comprender por qué mi reacción instintiva era abrazarla. Protegerla de algo que yo desconocía. Ella parecía necesitarlo. A veces, se dejaba. Y algunas otras huía. 

Pasaba de lo intenso, del placer urgente a la nada. Tranquilidad y quietud de tardes y noches enteras de tertulias, donde se diluían las horas en historias; monólogos, disertaciones sobre cualquier tema que ella proponía. Quedaba extasiada, escuchando mientras nos acariciábamos con amor, sin tocamientos o contacto carnal ni lujuria ni sexo.  Luego venía un largo silencio en el que se me echaba encima y se quedaba así, taciturna, agarrada a mí. Y yo entendía que ya no estaba… ¿A dónde iba, Mamucha? ¡A saber! Quizás, a donde mismo  se  encuentra ahora…

 

miércoles, 13 de abril de 2011

Pensando en las musarañas y en ella…


 NO PUEDO QUITAR MIS OJOS DE TI
(Alba Molina y Andrea Lutz)
                                               

No puedo creer que sea verdad,
que tanta felicidad,
haya llegado hasta mi,
y simplemente aprendí,
que el cielo siento alcanzar,
pensando que voy a amar
por eso no puedo así,
quitar mis ojos de ti.

Tú tienes que perdonar,
mi insolencia al mirar,
toda mi culpa no es,
me he enamorao esta vez,
difícil es insistir,
sin ti no puedo vivir,
por eso no puedo así,
quitar mis ojos de ti.

Te quiero mucho,
y bien compréndelo, te quiero mucho,
con toda intensidad te necesito,
te digo la verdad.
Que yo te quiero mucho
y pido sin cesar que no me dejes,
hoy que ya te encontré pues quiero amarte, siempre
quiero amarte.

No puedo creer que sea verdad,
que tanta felicidad,
haya llegado hasta mi,
y simplemente aprendí,
que el cielo siento alcanzar,
pensando que voy a amar,
por eso no puedo así,
quitar mis ojos de ti.

[…]

lunes, 11 de abril de 2011

Un día cualquiera (de tantos), hace algunos años. Meses perdidos en el tiempo. Montones de fotos y bocetos recurrentes. Mi memoria al borde de una catarsis...

Agarró mi mano y metió uno de mis dedos, pringándolo de nata, en su Café Capuchino. No sabía cuál sería el siguiente paso, aunque, conociéndola podía sospecharlo.  De repente mi dedo estaba en su boca, y lo chupó, succionando con los labios bien apretados sin darse mucha prisa. Algo que me ha parecido siempre una ordinariez, pero ella tenía esa manera graciosa de hacer las cosas, con la inocencia y frescura de sus veinticinco años. 

Tanta espontaneidad en público me hacía sentir incómodo, pero no me preocupó nunca demasiado, me dejaba llevar porque en el fondo resultaba divertido y excitante observarla. Con cosas como estás yo me limitaba a sonreír y punto, sin embargo, ella se divertía. Reía a carcajadas de sus ocurrencias y ante mi impasibilidad. 

Dos mesas a nuestra derecha, una pareja de ancianos miraban extasiados. La dependienta que se encontraba detrás de la barra, observaba por encima de las gafas, regalando miradas de complicidad. De pronto me sentí animado con tanta expectación por parte de nuestro público. 

 —¿Es esto, una declaración de intenciones? —pregunté.

—Por supuesto, tengo todas las intenciones del mundo.

—Me gusta tu lado perverso.

—Tengo muchos lados perversos; tantos, que algunos los desconozco. 

—¿Pero los intuyes?

—Sí, claro. Tan oscuros que a veces dan miedo.

—Cuando dices esas cosas me enamoro. No me gusta la gente que no tiene un lado oscuro  —respondí.

—Son huecas, vacías. Como si les faltara algo, ¿a que sí? 

Por debajo de la mesa, sentí uno de sus pies buscando mi  entrepierna. Yo encontraba más placer en su actitud, que en el acto físico en sí. En muchas ocasiones, me había costado tener el control total de la situación. Mamucha, era espontanea y atrevida, osadía propia de quien tiene veintitantos. Yo, a su lado era un viejo carcamán de treintaisiete años.

Eché un vistazo a nuestro alrededor para comprobar si alguien más se había sumado al espectáculo. A la gente le gusta mirar, ser espectador, cotillear sobre la vida de los demás; ese espíritu voyeur empedernido que llevamos dentro que nos cuesta reconocer. Es la razón por la que nos fascina ese mundo de las redes sociales. 

La camarera, los ancianos, un tipo calvo con gafas, y una chica que disimulaba estar mandando un mensaje por móvil, completaban ahora un buen número de espectadores, interesados en lo que sucedía entre Mamucha, y yo. Mientras su pie, ejercía una fuerza descomunal sobre mis testículos, algo que me asombraba y tenía mérito puesto que los pies de Mamucha, eran de pequeñas dimensiones.  

—Recuérdame esta noche que te cuente mi teoría del lado oscuro  —y ella asintió con esa sonrisa de complicidad y ese interés malsano hacia todo lo que pudiera parecerle lujurioso.  —¿Nos vamos? —sugerí.

Salimos de la cafetería de la mano. Yo algo más excitado que cuando llegué. Ese era  mi estado natural desde que había conocido a Mamucha.

Cogimos un taxi al momento y en lo que subíamos al mismo, decidimos irnos a mi casa. Recuerdo que deslizó su mano por la bragueta y sujetó con fuerza el bulto que permanecía erecto dentro de mis pantalones.

—¿Sabes, Lucas? Eres adictivo, no puedo dejar de chutarme de ti. Me gustaría saber si pasado un tiempo seguirás siendo tan perfecto, y si podré dejar de idealizarte. 

Su voz sonaba suave en mi oído.  Un cuchicheo con la eficacia suficiente, como para persuadirme de cuántas locuras se le ocurriese.

—Esta noche si bebo vino terminaré roncando. Si no bebo no ronco.  En ese momento dejarás de idealizarme. —Mamucha, soltó una carcajada exagerada y disonante.

—Tranquilo, tengo asumido que roncas, te tiras pedos y te sacas los mocos como todos los mortales  —dijo.

— Así es, pero no hay  por qué hablar de ello. Es otra manía que tengo o lo que yo llamo ideas claras de los detalles menores. A la gente le encanta hablar de lo que hace en el baño y a mí esas cosas no me aportan nada, todos hacemos lo mismo y no tiene ningún “glamour”, salvo hacer el amor en mi ducha.

— ¿Por eso es tan grande? La ducha; a eso me refiero.

— Sí. Y también porque me gusta sentirme amplio mientras me cae agua.

—Los Virgos somos muy escrupulosos para muchas cosas. Es curioso que para el sexo lo seamos menos, aunque, limpieza ante todo.

—Woody Allen, dijo en una ocasión cuando le preguntaron si el sexo le parecía sucio, «sólo si se hace bien». 

Y ella agarró con fuerza lo que sostenía en su mano.

—Tranquila, no se te irá a ninguna parte  —dije, aflojándole el puño.




Con Mamucha, todo era así, siempre…




jueves, 7 de abril de 2011

CARTA I

Miércoles, 16 de marzo de 2011
                                                                                    
A la hora más silenciosa de todas, cuando los barrenderos y las putas trabajan; Madrid, duerme y yo, pienso en ti. Verás muchachita, me asalta la pena cada vez que siento ganas de verte. Te observo tras el cristal opaco de mis recuerdos y busco enfocar, otra vez, tu cara en fotos y bocetos desgastados de tanto manosear. Nunca he sabido muy bien qué hacer contigo, con tu sonrisa, esa frescura de tus veinticinco años. Demasiado para mí, pobre solitario que voy por la vida desesperado. 

Cuando la nostalgia me revuelca por los suburbios de mi soledad, dan ganas de ir a rescatarte de manos impuras, de cualquier desgraciado que no te merezca. Pero nunca he sido un romántico y lo sabes. Reconozco mi cobardía, Mamucha, lo siento de verás. Así que acepto resignado la pérdida recreando, una y otra vez, tu imagen divina. Reviviéndote en mis lienzos,  donde eres cercana y real. 
¿Cuántas veces no te habré tocado con la punta del pincel el pezón endurecido? He memorizado la anchura de tus caderas. La sutil diferencia entre un pecho y el otro que te hace irresistible e imperfecta. Los pliegues de tu cuello, el lunar que marca el sitio donde coloco mis besos.  Tu boca entreabierta.  Tus ojos negrísimos mirando con ternura el vacío de éste hombre, artista malogrado; personaje cruel y depravado que soy yo. He trazado las líneas de tu cuerpo de tantas formas y posiciones, con precisión aberrante y casi obsesiva que, incluso, hay quien cree que no existes, que te he inventado. En ocasiones, yo también lo creo. Me he convertido en alguien perturbado, marcado por el amor breve.

¿Me recuerdas aún, Mamucha? Porque yo sí. Muero por ti mujer; a cada instante, en cada momento, cada noche en que te busco entre sábanas vacías ¡Mamucha, musa!


LucasP.




Nota: las cartas escritas a Mamucha, no tienen destino excepto la caja de zapatos donde guardo un manojo de papeles amarillentos y fotos carcomidas por el tiempo.